Oro por mi ansiedad cada mañana y no se va. ¿Estoy haciendo algo mal?

No. No lo estás haciendo mal, y que la ansiedad siga ahí no es evidencia de nada sobre la calidad de tu oración ni sobre el tamaño de tu fe. Vale decirlo sin adornos, porque la idea contraria es común, se enseña en voz alta en algunos lugares y hace daño real: toma a alguien que ya está sufriendo y le pone culpa encima. Ninguno de los pasajes que suelen citarte promete que un síntoma por el que oraste vaya a desaparecer.

Vuelve a leer lo que promete el versículo

Es el texto que más se le entrega a la gente ansiosa, y casi siempre queda en la memoria como no se angustien, punto final, como si fuera una orden en la que fallas todos los días. Fíjate en lo que ofrece a cambio de llevarle las peticiones a Dios: una paz que guarda el corazón y la mente.

Guardar es lo que hace un centinela en la puerta mientras la guerra sigue afuera. Es protección, no evacuación. La promesa habla de algo que se pone entre tú y lo peor; no de que la situación termine, ni de que el sentimiento se apague antes del desayuno.

No se preocupen por nada, sino oren a Dios por todas las cosas, y explíquenle lo que necesitan, y agradézcanle por todo lo que él hace. Entonces la paz que viene de Dios, que es mejor que lo que podríamos imaginar, guardará sus corazones y mentes en Cristo Jesús.

Filipenses 4:6-7, VBL

Pablo pidió tres veces y la respuesta fue no

Pablo escribe sobre algo que llama una espina. El texto nunca dice qué era, y quien lee con honestidad no lo inventa. Lo que sí queda claro es que le pidió a Dios que se lo quitara, más de una vez, y no se lo quitó.

La respuesta que él registra no es no pediste bien. Es que la gracia bastaría, y que la fuerza aparece dentro de la debilidad en lugar de aparecer después de que se arregle. Si el hombre que escribió buena parte de las cartas del Nuevo Testamento pidió que se lo quitaran y no ocurrió, entonces una oración que no te quita la ansiedad te deja en compañía bastante razonable.

Le rogué al Señor tres veces para deshacerme de este problema. Pero él me dijo: “Mi gracia te bastará, pues mi poder se hace eficaz en la debilidad”. Por eso me jacto felizmente de mis debilidades, para que habite en mí el poder de Cristo.

2 Corintios 12:8-9, VBL

La Biblia conserva oraciones que todavía no funcionaron

Alguien decidió conservar un salmo que empieza preguntando hasta cuándo, cuatro veces seguidas, y que habla de cargar tristeza en el corazón todo el día. Nadie lo recortó ni lo suavizó. Se guardó, se le puso música y lo cantaron comunidades enteras.

Eso dice bastante sobre lo que está permitido. Tienes permiso de volver mañana con la misma queja, sin resolver, y esa repetición no es insistencia molesta ni incredulidad. Así suena, en buena medida, el libro de oraciones de la Biblia.

¿Por cuánto tiempo más, Señor, me vas a olvidar? ¿Para siempre? ¿Por cuánto tiempo más te vas a apartar de mí? ¿Qué tan profundo debo caer en la confusión, sintiéndome triste todo el día? ¿Por cuánto tiempo más mi enemigo seguirá siendo victorioso sobre mí?

Salmo 13:1-2, VBL

Jesús oró pidiendo que se lo quitaran

En Getsemaní, Jesús le pide al Padre que aparte lo que viene. Dice con todas las letras que para Dios todo es posible, y pide que esa copa pase.

No pasa. La atraviesa. Signifique lo que signifique esa escena, deja una cosa imposible de discutir: pedir que algo te sea quitado y aun así tener que atravesarlo no puede ser señal de una fe defectuosa.

“¡Abba, Padre! Tú puedes hacerlo todo”, decía. “Por favor, quítame esta copa de sufrimiento. Pero que no sea como yo quiero, sino como tú quieres”.

Marcos 14:36, VBL

Lo que hicieron primero con Elías

Elías se derrumba bajo un arbusto y pide morirse. Lo que llega no es un reproche ni un sermón. Lo tocan, le dicen que se levante y coma, le dan comida y agua, y lo dejan dormir. Dos veces. Solo mucho después viene una conversación.

El orden importa. El sueño, la comida y el cuidado del cuerpo van antes de la conversación espiritual, y el texto los trata como cuidado que viene de Dios, no como una distracción. Si tu ansiedad tiene un lado médico o psicológico, el médico, el terapeuta y el tratamiento entran en esa misma categoría. No son el plan B para cuando la oración falla.

Se acostó y se durmió bajo el arbusto. De repente, un ángel le tocó y le dijo: “Levántate y come”. Miró a su alrededor, y allí, junto a su cabeza, había un poco de pan cocido sobre brasas y una jarra de agua. Comió y bebió y se acostó de nuevo. El ángel del Señor volvió por segunda vez, lo tocó y le dijo: “Levántate y come, porque si no el viaje será demasiado para ti”. Así que se levantó, comió y bebió, y con la fuerza que le dio la comida pudo caminar cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte Horeb, la montaña de Dios.

1 Reyes 19:5-8, VBL

Dónde se detiene esta respuesta

Esta página es una reflexión devocional, no es orientación médica, psicológica ni pastoral, y no puede saber nada de tu situación concreta. Lo que sí se puede afirmar es que ninguna lectura honesta de estos pasajes sostiene la idea de que con más fe se iría el síntoma.

Si tu ansiedad es persistente, o si te está afectando el sueño, la comida, el trabajo o tus relaciones, consulta a un médico o a un profesional de salud mental. El tratamiento ayuda a muchísima gente, y pedirlo no es una concesión espiritual. Si tienes pensamientos de hacerte daño, llama hoy a la línea de crisis o al número de emergencias de tu país.

Sigue orando por esto. No porque la oración vaya a funcionar por fin si la repites suficientes veces, sino porque estás hablando con alguien a quien tu ansiedad nunca le ha parecido vergonzosa.

Texto bíblico de la Versión Biblia Libre. Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0

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